"...to enclose the present moment; to make it stay; to fill it fuller and fuller, with the past, the present and the future, until it shone, whole, bright, deep with understanding."

Virgina Woolf, The Years


24.5.08

Aretes, café

para Luza


Hoy me dieron ganas de ponerme aretes. Los dejé de usar en algún momento de la universidad, creo, y tuve que volver a hacerlo para la boda de mi hermana - fue necesario, incluso, ir a que volvieran a perforarme el lóbulo derecho, que ya se había cerrado. Después de eso los usé por algunos meses, y después dejé de usarlos otra vez, hasta estos últimos días. Hoy escogí unos de esferas de piedra verde, de un color claro y lechoso, casi translúcido, que le compré a una chava que atendía la caja en uno de los Gandhis (librería) del centro (en Madero, creo que está, no?) - me gustaron muchísimo por cómo los sostiene un alambre que también los rodea con una semiespiral. Me les quedé viendo tanto que acabó por vendérmelos, por la módica cantidad de diez pesos, y después me contó que los hacía un amigo suyo y los vendía en Balderas, de a 3 por 30 pesos.
¿Es que todas esas cosas que no pertenecen pero que se vuelven una suerte de extensión de nuestro cuerpo, y de nuestra personalidad también, tienen cierto poder sobre nosotros mismos y/o sobre otros? Pienso, sobre todo, en un documental que alguna vez vi, de alguna tribu en África donde son los hombres los que se adornan - se pintan y se visten e imitan el cortejo de cierto pájaros, y las mujeres los miran, y escogen, y en la noche puede que alguna de ellas se fugue con alguno de ellos, dejando atrás a quienes deja atrás.
Fui al museo a recoger unos libros que resultaron más grandes y pesados de lo que esperaba; a una librería a buscar una novela que no encontré; y después a leer a un café... ja. Pedí un capuccino, a pesar de la cafeína. Como siempre, los baristas de lo más amables y sonrientes. Como siempre, había más personas solas que acompañadas. Esta vez me dí a la tarea de contar a las primeras... pero después me pareció más fácil contar las que estaban con alguien más.
Concluida la tarea, me pareció pertinente concentrarme en lo propio: hojée el libro sobre historia de los manga y el otro sobre un performancero chino (prístino, con el lujo de romper el plástico y todo), garabatée un poco, y finalmente me puse a leer. Cuando quedaba relativamente poco café, tiré la taza sobre la mesa y manché el piso. Limpié un poco y seguí leyendo. Poco después volví a tomar la taza, eché la cabeza hacia atrás, entrecerré los ojos, entreabrí los labios y no encontré más café. Decidí que era hora de irme. Al llevar el vaso desechable de nuevo hacia la mesa me encontré con la mirada fija de alguien. Sonreí inconsecuentemente, dejé que mi mirada continuara su camino hacia el libro y luego hacia la bolsa, y escuché con sorpresa algo sobre The Hours y luego great book (or was it great movie he said?).
I looked up. I like how the stories are intertwined, dijo, mientras hacía algo como espolvorear canela o tratar de diluir azúcar, a cierta distancia de mi mesa. Francamente, no pensé que alguien estuviera poniendo atención a lo que estaba leyendo aunque, he de admitir, la portada es bastante llamativa, sobre todo por esa costumbre que tienen las editoriales de substituir diseños por pósters de película (cómo me choca)... y sí, siempre me da cierta vergüenza sacar el libro, tan Meryl Streep, tan Nicole Kidman y un poco menos la otra actriz que no recuerdo cómo se llama. Yes, yes, it is, I managed somehow to answer, and then, Have you read Mrs. Dalloway? Creo que no escuchó, se acercó y dijo algo así como I'm sorry? Lo repetí. No, no la había leído. Musité algo sobre los beneficios de hacerlo, sobre los personajes, etc. Y luego la pregunta: seguir conversando o no, invitarlo a sentarse o no, by the way, my name is... or not, allow one thing to lead to the next or not. I guess I'll have to look into it. Yeah... Yeah... That was sort of the end of it.
I stood up, threw the garbage away, and thought the barista should know I had spilled some coffee on the floor. Oh yeah, no problem. Recogí la bolsa con los libros, me dirigí hacia la salida y me encontré con la voz, have a good night, y con los ojos, como si quisieran decir cualquier cosa menos adiós. Decidí no voltear hacia el lugar detrás de la ventana donde lo había visto sentarse. Decidí dejar perder la oportunidad... cierto miedo que prefiere llevar el nombre de prudencia. Dí la vuelta a la esquina y me encontré, escrito en algún lugar, trying is believing, o algo así. Y después, en una vitrina, The Book of Tea. Me pregunté, mi querida Luza, si es que habrá alguna forma de identificar a los que saben dónde se toma el té, o cómo poner una mano sobre otra... pensé, sin realmente recordar, en los que no lo han sabido, o han preferido olvidarlo, o ignorarlo; no pude evitar recordar a alguno del que nunca supe si lo sabría o no.
Pensé, también, en algo más de lo que escribiste, en cómo he querido continuar esa conversación pero la he ido dejando - aquello sobre la caperucita roja, espero que no te moleste que lo cite:

Comparto tu ingenuidad, soy casi una profesional de la candidez, asumo que durante años he sido la mismísima encarnación de caperucita roja. Pero hay mañanas en las que salgo de casa pensando que ya no quiero ser así, y me repito esto ante cualquier extraño que quiere acercarse: la naturaleza del ser humano es de una desconfiabilidad que rebasa cualquier prueba. A veces me gustaría, sólo por curiosidad -y ese es vicio de caperucita-, saber qué poder tienen los pelos y los dientes de los extraños para atreverse a preguntar a qué dios le reza uno. Más práctico sería fingirse sorda, pero tampoco soy práctica. Me gusta irme por el camino largo, y cuando más doloroso se vuelve el trayecto la voz de mis tripas me recuerda que no hay razones para angustiarme, al fin que ya conozco el camino de regreso.

Tal vez el camino de ida también sea familiar, a su modo, aunque sea siempre diferente. Y el de regreso también tiene sus lobos... Digo, uno corre el peligro de tener que pernoctar en el bosque, de puro cansancio, con la caperucita o lo que sea que buenamente uno haya tenido a bien traer en la canasta.
Tal vez exista, también, la posibilidad de encontrarse con los pocos que saben dónde y cómo se toma el té, con los pocos que saben extender su mano... o no. Quién sabe lo que nos depara el azar.
Cuando voy a algún café siempre me debato entre pedir algún tipo de té negro o con especias, o alguna bebida hecha con café (me rehúso a tomar café descafeinado... no sé, es como comer hamburguesas de soya o algo por el estilo). Hoy, mientras la barista preparaba mi capuccino, vi una propaganda de unas bebidas que se prometen maravillosas, anunciándose como red capuccino, red expresso e incluso como red frapuccino... están hechas, al parecer, con un té rojo que contiene poco o nada de la dicha substancia. Creo que he encontrado la solución. I guess I'll give it a shot next time.
PS: A pesar de la coincidencia, la plática sobre Las Horas no puede decirse que haya sido realmente plática. Sigue pendiente.

6.5.08

Óyeme con los ojos

Desviándome un poco de las implicaciones que le daba Sor Juana, la frase me sirve como pretexto para hablar de algo más, algo que a menudo me ronda la cabeza y más cuando leo a Virginia Woolf. Recuerdo, sobre todo, una de las últimas escenas de The Years - estoy tentada a describirla, pero creo que el intento sería fallido... pero bueno, tal vez no haya de otra: un personaje se sienta en una silla, o tal vez en el piso, en medio de una fiesta en la que se reúne gente que no se ha visto en mucho tiempo, y también gente que se ve a menudo, personas que comparten cosas que los acercan o los acercaron unos a otros. El personaje (he olvidado su sexo o su nombre) se pregunta, o se maravilla, o se asombra o se lamenta de cómo están todos ahí, tan cercanos de nuevo, hablando, y sin embargo tan alejados; repara en como es casi imposible que pueda comunicarle a alguien más lo que siente, lo que piensa, lo que sucede dentro de él (mientras se encuentra ahí, rodeado del murmullo, del rumor fuerte y constante), que pueda encontrar la sucesión de palabras que permitan, que abran la posibilidad de cierta cercanía, cierta comunión - mientras todos hablan y hablan, o ríen, o comen o beben o caminan. Tal vez... no tengo el libro a la mano y esto es lo que recuerdo.

Pienso tambien en la compasión, y en su significado. No como piedad o como lástima, por supuesto, sino como algo que tal vez empieza con, pero que va más allá, de la simpatía; algo que requiere cierto esfuerzo, como mirar también dentro de uno mismo, por ejemplo.

Regresando a la frase de Sor Juana, está el juego de sentidos al escuchar - no necesariamente con lo oídos, ni con los ojos necesariamente a través de la escritura... oír, escuchar con los ojos, y sí, tal vez, incluso con la piel, o con el gusto o el olfato, o con un sentido interior, con la brújula que llamamos intuición; o tal vez también con la memoria, o con la imaginación: ir leyendo el cuerpo del otro, el gesto del otro, el aire que se va creando alrededor del otro, leer su espacio y su interior, reconstruir su pasado o su futuro, su naufragio o su alegría, su búsqueda y su hallazgo, lo que le es insignificante y lo que lo sostiene.

Tal vez por eso me guste tanto Banana Yoshimoto - me gusta, sobre todo, cuando para explicar un diálogo o dos, regresa a las experiencias de los personajes que informan, que nutren, que explican, de cierta forma, sus palabras. Y sólo después de hacerlo resume el diálogo.


Comparto lo siguiente, en ambos idiomas:

"Lucky it isn't Friday," he observed.
"Why? D'you believe in luck?"
"They make you pay sixpence on Friday."
"What's sixpence anyway? Isn't it worth sixpence?"
"What's 'it'? What do you mean by 'it'?"
"O, anything­, I mean­... you know what I mean."

Long pauses came between each of these remarks; they were uttered in toneless and monotonous voices. The couple stood still on the edge of the flower bed, and together pressed the end of her parasol deep down into the soft earth. The action and the fact that his hand rested on the top of hers expressed their feelings in a strange way, as these short insignificant words also expressed something, words with short wings for their heavy body of meaning, inadequate to carry them far and thus alighting awkwardly upon the very common objects that surrounded them, and were to their inexperienced touch so massive; but who knows (so they thought as they pressed the parasol into the earth) what precipices aren't concealed in them, or what slopes of ice don't shine in the sun on the other side? Who knows? Who has ever seen this before? Even when she wondered what sort of tea they gave you at Kew, he felt that something loomed up behind her words, and stood vast and solid behind them; and the mist very slowly rose and uncovered. ­O, Heavens, what were those shapes? little white tables, and waitresses who looked first at her and then at him; and there was a bill that he would pay with a real two shilling piece, and it was real, all real, he assured himself, fingering the coin in his pocket, real to everyone except to him and to her; even to him it began to seem real; and then... ­but it was too exciting to stand and think any longer, and he pulled the parasol out of the earth with a jerk and was impatient to find the place where one had tea with other people, like other people.

"Come along, Trissie; it's time we had our tea."

"Wherever does one have one's tea?" she asked with the oddest thrill of excitement in her voice, looking vaguely round and letting herself be drawn on down the grass path, trailing her parasol, turning her head this way and that way, forgetting her tea, wishing to go down there and then down there, remembering orchids and cranes among wild flowers, a Chinese pagoda and a crimson crested bird; but he bore her on.

- Kew Gardens, Virginia Woolf

- ¡Suerte que no es viernes!
- ¿Por qué? ¿Crees en la suerte?
- Los viernes te obligan a pagar seis peñiques.
- De cualquier modo, ¿Qué son seis peñiques? ¿Es que esto no ha valido
seis peñiques?

- ¿Qué es "esto"? ¿A qué te refieres al decir "esto"?
- ¡Oh!, a nada... quería decir... bueno, tú sabes a qué me
refería.


Cada uno de sus comentarios estuvo separado por largas pausas; hablaban con voces monótonas y graves. La pareja permaneció inmóvil en el borde del macizo de flores, y juntos enterraron la punta de la sombrilla en la tierra floja. La acción y el hecho de que su mano quedara sobre la de ella expresaba sus sentimientos de un modo extraño, así como aquellas breves e insignificante palabras también habían expresado algo, palabras de alas cortas para el pesado cuerpo de su significado, inadecuadas para volar lejos, y que por eso iluminaban torpemente los objetos comunes que los rodeaban, demasiado imponentes para su tacto inexperto; pero, ¿quién podía saber (así pensaban mientras hundían la sombrilla en la tierra) qué precipicios no se ocultarían o qué laderas de hielo no brillarían al sol en otra parte? ¿Quién podría saberlo? ¿Quién ha visto eso antes? Aunque ella se preguntaba qué clase de té servirían en Kew, él sentía que algo se escondía tras las palabras y se erguía grande y sólido frente a ellos; y la neblina se levantó muy lentamente... ¡Oh, cielos!, ¿qué eran aquellas formas?, mesitas blancas y camareras que primero la verían a ella y luego a él y habría una cuenta que él pagaría con una auténtica moneda de dos chelines, y era real, todo era real, se aseguró a sí mismo, acariciando la moneda en el bolsillo, real para todos menos para él y para ella; aunque también para él comenzaba a ser real y entonces... pero era demasiado excitante para permanecer allí y pensarlo por más tiempo, así que extrajo la contera del paraguas de la tierra con un brusco tirón y sintió impaciencia por encontrar el lugar donde uno bebe su té junto con otras personas, igual que las otras personas.

- Ven, Trissie, es hora de tomar el té.

- ¿Dónde se toma el té aquí? - preguntó ella con una extraña excitación en la voz, mirando vagamente en rededor suyo y dejando que él la condujera por el sendero de pasto, sacudiendo el paraguas, volviendo aquí y allá la cabeza, olvidándose del té, deseando descender ahí y luego en aquel lugar, recordando orquídeas y grullas entre las flores silvestres, una pagoda china y un pájaro de cresta carmésí. Pero él la conducía.

- Kew Gardens, Virginia Woolf.

(En Los Universitarios, trad. de Sergio Pitol)

20.4.08

Cosas que caen

Ayer mi hermano me llamó para que me asomara a la ventana - ya era bien de noche, y la luz del alumbrado público dejaba ver trozos blancos cayendo, como si un montón de personas estuvieran sacudiendo bolsas repletas de algún material plástico, muy delgado, hecho pedacitos, todos de distintos tamaños, pero casi todos bastante grandes - no sé por qué los copos de nieve acá son enormes.

Es bonito ver nevar. Sí, me dijo mi hermano. Everything's so still - recuerdo que alguien lo describió así. Y sí, no es como la lluvia, que casi siempre suena contra lo que cae, y que moja y entonces la luz juega a reflejarse, y hay una especie de movimiento, como una vibración imperceptible en el aire. La nieve se sienta, se acuesta encima de sí misma y encima de todo lo que queda debajo, y hay una inmovilidad suave, que no ahoga, sino que es más bien como una colcha ligera y esponjosa, como un abrazo extendido en todas direcciones, silencioso.

Los copos de nieve cayendo me recordaron los petálos de las flores de cerezo, que caen muy graciosamente cuando hace aire, y pintan apenas, con una variación rosa del blanco - como muchas pinceladas caídas que no acaban de cubrir el pasto o la banqueta. El otro día los estaba viendo desde la ventana - un hombre les sacaba fotos, y yo deseé tener tiempo para pintarlos. Pero luego pensé en que las flores son efímeras, y entonces me pareció un tanto absurdo cualquier intento de fijarlas. Me pareció, en cambio, que sí valía la pena pasar por el invierno y esperar la primavera sólo para verlos de nuevo, así como alguna vez pensé que valdría la pena esperar el próximo verano para volver a ver las flores de loto que crecían en un estanque en pratolino.

También pensé en los poemas de Nezahualcóyotl, y en sus flores y en la vida, y en las palabras de alguien a quien quiero pero que no puedo acabar de recordar, algo sobre los brotes de la primavera, y luego las flores, y las hojas del otoño, y sobre cómo las cosas se siguen unas a otras, sin dolor ni nostalgia.

Hoy la nieve comenzó a derretirse desde que salió el sol, cerca de las siete de la mañana; el agua cayendo por los ductos de las casas se siguió escuchando casi hasta las cinco de la tarde. Sonaba como lluvia, por eso me sorprendió ver el sol cuando abrí los ojos. Me gusta oír el agua caer... ¿cómo podría explicar por qué?

15.4.08

What colour are my eyes now?

If you took this much of sea water, of sea water under the full moon, from the surface, lit by it, if you took this much of it, and turned it into a stone translucent enough for light to shine through it, the colour of that stone would have been the colour of your eyes - then.

5.4.08

atrás y atrás no significan lo mismo - aprendiendo a tejer en inglés

... o de la relatividad. Resulta que con motivo de la visita de la madre de mi roomate, tuve a bien retomar mi olvidado sueño de tejer un afghan (especie de chal), el cual se había visto frustrado cuando, hace años, compré un libro de patrones en inglés y no entendí ni jota de las malditas abreviaciones, un verdadero laberinto de siglas incomprensibles en letras minúsculas y mayúsculas y números, todo en tipografía diminuta cuya repetición continúa y continúa y continúa y puede llegar a llenar hasta tres columnas sin ningún mísero dibujito (el pobre libro debe estar llenándose de polillas en las profundidades de algún closet).

Aparentemente, el problema no estuvo en desentrañar tales - bastó un glosario para descifrar las pocas claves que escabapan al experto conocimiento de Joclyn. Lo que nos tomó varios minutos, mucha paciencia y mucha diplomacia, fue llegar a un acuerdo sobre lo que significaba llevar el estambre hacia atrás - es decir, no llegamos a un acuerdo, sino que finalmente nos dimos cuenta de que para ella quería decir una cosa y, para mí, otra; no pudimos entenderlo sino hasta que dejamos de discutir y nos observamos tejer la una a la otra, en silencio. Entonces nos cayó el veinte... aunque no, no fue como un golpe, sino, más bien, como si la comprensión fuera creciendo inadvertida, hasta que finalmente se manifestó en un ligero y seguro asentimiento de cabezas.

Después, cuando revisamos cómo hacer un punto en una página web, encontramos los respectivos tecnicismos, las clasificaciones, los nombres para su modo de tejer y para el mío - pero mencionarlos, tal vez, desemboque en una distracción, en una reducción de la experiencia.

26.3.08

the power of secrets

My buddy Trevor told me once that a long time ago the Crees used to go into the forest with a spear. And what they had to do was they'd sneak up on a bear and tap him on the bum wiht it. Not the sharp side, but the flat side, I guess, and the bear would scoot away in fear. Then you would come out of the forest and never tell anyone about it. But that's what made you a man. If you could do that then you were a man. But the key was never to tell anyone, not even your wife. You keep it inside and you know it yourself, that you did, hey.

So, my question to you all is do you have any secrets that you haven't ever told anyone? Good. Keep them inside you. If not, you better run out and start gathering some so they can keep you warm inside when you're in your golden years. The bad secrets should be talked about, I think, but the sacred ones, the special ones, the good time ones, I think you should keep them inside. Not all, but some. Because they are medicine. They'll get you through the hard times. Plus, no one wants to fool around with you if they think you'll tell all your buddies and coworkers, hey!

[...] Me? I don't think I have too many secrets. Every five years I spill the beans to somebody about something, I'm sure, but I live a good life: I'm not out to hurt or take. The only secrets I have are my PIN numbers and the love songs that I sing into the wind for someone I haven't even met yet, but I know I shall meet one day...


CAME across this one in quite an unexpected place, some UBC magazine (Trek) I had picked up to read about the history of the Chinese in Canada. "The power of secrets", by Richard Van Camp (también me gustó el tono, me recordó a J.D. Salinger y a Paul Auster). I opened the magazine randomly as I was waiting for the 17 Oak (bus- it takes forever), and there it was. It was well worth the waiting though (con todo y lluvia y humedad y frío y todo el numerito vancouveriano), otherwise I might've never even known it was there at all.

24.3.08

Me... I'm just a drifter

No sé ya hace cuánto tiempo, supongo que casi exactamente una semana, fui a tomarme un tecito a uno de los tantos starbucks que pululan por la ciudad, claro que no todos son iguales y este es mi favorito, por varias razones con las que no me entretendré por ahora. Estaba escuchando música y dibujando, asilada del resto del mundo, cuando ví que una señora entró y se fue derechito a platicar con un par de individuos que estaban estudiando español (me parece) justo atrás de mí.

Como se me hizo muy abrupto, volteé a ver qué estaba pasando, nada, alguien que esperan, supongo, pero no había acabado de darme la vuelta cuando la señora ya estaba parada junto a mí, y ahora sí pude verla bien. Me pidió que le comprara un café, pero como tenía un reguerito de cosas a mi alrededor, tal operación me pareció sumamente complicada, y tuve que contentarme con darle el dinero para que ella lo comprara. Le dí dos dólares y le pregunté si era suficiente - necesito al menos tres, me respondió. Me agarró una risa, o, más bien, una sonrisa, entre complaciente e irónica, y le dí otros cuatro cuartos (casi todo el cambio que había estado guardando para sacar copias en la biblioteca).

La señora me preguntó que si podía sentarse conmigo; yo francamente no tenía ganas
de engancharme en tan extraña situación, y musité algo como tengo que trabajar, trabajar? en qué estás trabajando?, movió mi chamarra del otro sillón, se sentó y empezó a platicarme que había empezado a tomar cuando era chica, con su familia, la cual acostumbraba tomar un vaso de vino diario, que vivía en East Hastings, no en una casa sino en la calle, que había tenido un amante que la proveía con lo necesario, pero que ahora ya estaba muy viejo, como setenta años, que iba a las sesiones de alcohólicos anónimos, que su padre se llama William (lo recuerdo porque mi papá se llama Guillermo, aunque no tuve oportunidad de contárselo, no quería interrumpirla), que su hermana tiene una casa en el Cariboo, y ella... bueno, me, I'm just a drifter.

Lo último que me preguntó, creo, fue si tenía una tarjeta de débito, a lo cual respondí inmediatamente que no, (abriendo los ojos grandes, estoy segura) y que si podía comprarle una cajetilla de cigarros, a lo que contesté que nunca me venden sin mi pasaporte y que no lo traía (como si alguna vez hubiera intentado comprar cigarros aquí o en cualquier otro lugar).

Me dijo que tenía que ir al baño, se levantó y me estiro la mano, la cual no pude rehusar, sobre todo cuando casi nunca recibo tales muestras de afecto, complicidad o al menos de algún vago sentimiento de comunión por estas tierras- digo, de frente a su escasez se aprecia más su intención.

No sé cómo habrá sido vista tal conversación por las otras personas que tomaban café, pero el individuo de la mesa de atrás dejó de coquetearme por completo. Poco después la señora pasó detrás del sillón hacia la puerta; no ví si llevaba algún café en la mano, pero supongo que habrá preferido comprar cualquier otra cosa con el dinero, lo cual no deja de hacerme sentir un tanto culpable por mi ingenuidad.

Ya en la parada de autobús, para regresar a casa, un hombre me clavo los ojos y me pidió que le coperara para su boleto de regreso - que no sabía que ese día iba a trabajar hasta el centro; saqué los últimos setenta y cinco centavos que traía, y se los dí - es cierto, las tarifas del camión acá son muy altas.

Preacher at the bus stop

Hace ya varias semanas (o tal vez sólo una o dos, el tiempo pasa tan lento y tan rápido a la vez) fui a tomar una clase de tai chi a una zona no muy linda. Era ya un poco tarde (considerando los estándares de esta ciudad) y la parada de autobús estaba bastante obscura. Como siempre (y como siempre, sin darme cuenta) le sonreí al extraño que se acercó a ver el horario de los autobuses - como yo no me había dado cuenta que tal útil instrumento estaba ahí, estaba llamando al servicio de transporte público para averiguar cuánto tiempo más tardaría en pasar el camión, aunque no creo que llevara esperando más de uno minuto o dos; como le sonreí y como algo habrá inferido del punchamiento de botones y de las idas y venidas de mi mirada (del número de la parada al teclado de mi celular) el tal señor me preguntó que si tardaría mucho tiempo en pasar el camión - alguito, alguito, unos diez minutos.

La siguiente pregunta, mucho más inesperada, fue cuál es tu religión, así, llanamente, sin ninguna preparación de terreno ni ninguna sútil o amable demanda, de esas de las que uno no se puede escapar; mi respuesta habitual en estos lares, donde por extrañas y desconocidas razones he tenido que llegar al punto de construirme una respuesta, fue, por supuesto, soy católica pero no practicante (aunque, en inglés, el verbo ser puede omitirse con gran facilidad).

Ante tal respuesta, el don se sorprendió y me dijo cómo? Yo le contesté que dios no necesita intermediarios, y este hombre, que resultó ser hindú converso al ateísmo, converso a uno de tantos cristianismos y actualmente pastor anglicano, se rió un tanto desdeñosamente, y yo tuve que aguantarme las ganas de decirle algo así como ah, la iglesia de Enrique VIII! con todas las sutiles y no sutiles implicaciones de tal afirmación que saboreaba en mi cabecita y nada más en mi cabecita.

Total, acabó invitándome a la misa de pascua y ofreció presentarme a la congregación y hasta llevarme de regreso a mi casa... Pero yo, como buena mexicana, acabé cumpliendo sus expectativas de los mexicanos - léase, gente que dice que sí y luego no se aparece, y que no hace lo que su iglesia dicta al pie de la letra; afirmación que después nos ganó un silencio incómodo en el camión, cuando el señor tuvo a bien preguntarme de dónde era.

18.2.08

Conundrum

Siempre me ha intrigado la historia que le cuenta el hombre que pone las películas en el cine a Toto, en Cinema Paradiso. ¿Cómo es que alguien renuncia un día antes de llegar a donde desea? La historia es vieja (aunque tal vez poco revisitada estos días): un enamorado recibe un reto de su amada - si es capaz de quedarse fuera de su ventana cien días y noches seguidas, le entregará su amor.

El hombre espera y espera, en la lluvia, en el sol, en el frío, en el calor, etc. etc., y en el día noventa y nueve agarra, toma su silla y se va. ¿Qué tal? Bueno ¿pero por qué se va? ¿Es que ya había perdido el deseo? ¿O la fe? ¿O tenía miedo de que no se abriera la ventana, de que la señal no llegara, de que le cayera encima la certeza de que todo había sido en vano? ¿O lo que le dio miedo fue el amor real de la amada idealizada? Quién sabe las cosas que escucha un hombre que permanece en silencio, en espera, por casi cien días; algún secreto sobre la renuncia, tal vez, alguna observación sobre lo absurdo.

2.2.08

En busca del tiempo perdido V

A veces el tiempo que está perdido es el presente, o, más bien, somos nosotros los extraviados - errantes, escondidos, tambaleantes o confusos, envueltos en la irrefutabilidad del pasado y empapados por la certeza de la incertidumbre.

Y puede ser que uno intente reacomodarse, como lo hace en una silla cuando las nalgas han estado demasiado tiempo en la misma posición y ya es hora de cambiarlas de lugar, con ese gracioso vaivén de las caderas, subiendo ligeramente y ligeramente a descansar de nuevo; y nosotros avivados, hasta que el lapso pierde su frescura y allá vamos, lejos - hasta que la mirada extraña de algún extraño nos haga retomar la conciencia, aunque sea por otro insuficiente fragmento.

Horas extra

Aquella noche me veía a mí mismo, a la vez, en cien momentos distintos, repetido, variado e idéntico. Lo mismo que esas pinturas del quattrocento que presentan simultáneamente con todo detalle, con toda independencia, pero ordenados dentro de un único espacio, los episodios sucesivos de una historia.

Gil de Biedma,
Retrato del artista en 1956, III


Diálogos contra espejos, murmuraciones contra espejos
a punto de quebrarse, o vasos rotos: ya
para qué, después de tanto, enumerar
esos tímidos vicios de lo oscuro. Callejones,
pongamos; señoronas de medias como pieles
de áspid. En total:
la nocturna, el enigma.

"A quién habríamos de olvidar, si no hemos visto
de nadie la mirada ni de nadie
olido el rastro..." Así empezaba,
giros de más o hipérbatos de menos, una historia
que nunca pude seguir hasta lo último.
En ella por algo enaltecían
los héroes, trago a trago, la dureza
de la noche y sus dones, "que asaltan al intruso
con voces que llevan a otras voces,
con el sabor de la profundidad
y de la pérdida". (Ahora veo, si me consienten
el inciso, por mé me había negado

a ir más lejos: voces, misterios que conducen
al misterio central, el abandono... Y eso
es mucho.) Tal vez, sin saberlo, yo entendía
que un solo espacio bastaba para mí, para todos
los pájaros que alzaron ante mí
sus cuerpos unitarios como piedras.

Y el tiempo, si llegara a cambiar, de todas formas
entraría en ese cuadro - y nada,
compañeros, de madrugadas permanentes de novela
negra o poema cosmogónico. Una flor,
y las flores; una noche, y las otras. Por eso
podemos olvidar: porque hemos visto.

(Qué digo. Si yo he preferido siempre las mañanas.
No pienso enredarme aquí en su elogio, y no
son horas, pero las prefiero. Y punto.)


De
Por una vez contra el otoño, de Luis Vicente de Aguinaga, que encontré por casualidad o por azar (como casi todo lo que se encuentra) y que levanté hasta con cierto escepticismo, escondidito como estaba, del estante, en la tienda del museo en Guanajuato. Fortuna que lo abrí, y que tuve a bien rescatarlo, en el último viaje, de alguna de las tantas cajas para traerlo conmigo. De nuevo le pido prestado uno de sus desfiles - aunque me quede un poco chueco; las palabras andan reticentes a articularse en cualquiera de mis cuadernos, últimamente. (Qué raro suena esta palabra, si se me consiente el inciso, aquí hasta el final - casi como si careciera de sentido.)
Discreta invitación: http://aguinaga.blogspot.com/