
Ayer recibí uno de los más bonitos regalos de cumpleaños. Justo el sábado por la noche estaba pensando en lo mucho que me hacían falta; ahora sí puedo decir, pese a todo, ¡Bendita sea la tecnología!
Mi tía trabajaba en la SEP, e igual que sus hermanas, sabía contar cuentos. Bueno, pero esto de que trabajara en la SEP viene a cuento justo porque de la biblioteca sacaba los videos de Los cuentos del espejo (alguien los recuerda? con Andrés Bustamante!), y unos maravillosos volúmenes encuadernados de una revista para niños llamada Colibrí. No sé cuándo empezó a editarse ni cuándo dejó de editarse (o si todavía se edita), pero me tomó varios meses encontrar los volúmenes: cada vez que llamaba a alguna librería de viejo, una misteriosa señora los había comprado TODOS. Finalmente los hallé en una oscura, desordenada y de largos pasillos, en Donceles, esperándome todos juntitos, los 12 tomos, con sus portadas que alguna vez fueron blancas, el colibrí carmín en el centro, y los contornos finos y dorados.
Claro, cuando salí cargando, no sé cómo, todos esos kilos de ilustraciones, crucigramas, cuentos, historias sobre la vida de los mayas, sobre animales de México, explicaciones científicas sobre por qué titilan las estrellas, sobre cuánta agua se gasta en una ciudad, o sobre cómo hacer germinados en un frasco, pequeñas animaciones y barquitos de papel que avanzan solitos en tinas de aluminio llenas de agua, tenía lagrimitas en los ojos.
Los leíamos casi siempre en casa de mi abuela, mis hermanos, mis primas y yo, todos en la sala o sobre la cama de alguna de mis tías. No sé cómo nos leyó mi tía Jani La Vendedora de Nubes que nos recuerdo a todos medio retorcidos de la risa, expulsando frases incomprensibles y cerrando los ojos o agarrándonos la panza (tal vez una serie de chistes locales) - ella hacía todas las voces, y nosotros no teníamos que hacer otra cosa que mirar las ilustraciones. Tengo muchos favoritos, pero el más, es Dedos de Luna, que, ahora me entero, fue publicado el mismo año en que nací.
También les dejo a la vendedora, aunque recomiendo ampliamente que naveguen y naveguen, y se encuentren con la pulga aventurera, con Coyolxauhqui y su viaje al Mictlán, con Nicolás, con Francisca y la muerte, con Mi vida con la ola, un cuento de Octavio Paz bellamente ilustrado, y, por favor, con la palabra descontenta - toda una rareza.
Ya para terminar, los invito a este bonito ejercicio poético:
¡Muchísimas gracias Franciscanito! De verdad - anque sueñe a comercial, ahora los podré llevar conmigo a donde quiera que vaya.
(Y también, muchas gracias a mi tía, que me legó inagotable alimento para el alma para el resto de mi vida)
Ilustración: Leonel Maciel.


