"...to enclose the present moment; to make it stay; to fill it fuller and fuller, with the past, the present and the future, until it shone, whole, bright, deep with understanding."

Virgina Woolf, The Years


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19.9.12

Taxi Chronicles - Mi calle favorita




- Esta es mi calle favorita.

Había pasado muchísimas veces por ahí, pero en realidad nunca le había prestado atención. Volteé un poco para ver qué tenía de especial.

- ¿Ah, sí? ¿Por qué?

- Está llena de jacarandas. Esos árboles, ¿se llaman jacarandas, no? Forman como una cuevita. En otoño se les caen las hojas, y les salen flores moradas, ¿son moradas, no?

Y sólo entonces las ví. Era cierto, estaban plantadas una detrás de otra, flanqueando ambos lados de la calle, y sí, formaban una cueva, como un techo de hojas que dejaba entrever el cielo, como una nueva calle áerea donde el azul transitaba.

- Sí cierto, qué bonito.

- Me gusta pasar mucho por aquí, además, cuando hace mucho sol, aquí no pega tanto.

Por estarlas viendo se me pasó la calle.

- ¡Ay, era la calle de atrás!

- ¿Quiere que nos regresemos?

- No, no, aquí está bien, bueno... mejor nada más déjeme una cuadra aquí a la izquierda.

No se me ocurrió que hubiera podido caminar una cuadra entre las jacarandas.


Jacarandas en calle Concepción Beistegui: Jorge Aguilar.

1.12.11

Taxi Chronicles - Taxi driver's views on love



I. Lo que una mujer necesita
Toca el claxon y hace seña de que me acerque. Súbale señorita. ¡Ay, muchas gracias señor! Es que dije, si no la lleva el otro pues ya la llevo yo, es que llevo prisa, quiero llegar a ver la pelea. Pero era a las 9:30 no? Ese, estoy segura, fue el principio de la conversación. Después, tal vez por aquello de los deportes, me empezó a contar cómo correr lo salvó del alcoholismo, ahora corre maratones, todos los días se levanta a correr 25 kilómetros, y su lugar favorito es el Bosque de Tlalpan. Tuvo un maestro que le enseñó a correr bien y sin lastimarse. Y después comenzó a hablar de su pareja, es más chica que yo, como veinte años, andaba con otro pero lo dejó para venirse conmigo. ¿Sabe? Es que lo que una mujer necesita es que la quieran, nada más, que la quieran.


II. El defecto de la mujer
Gracias, buenas tardes. Buenas tardes señorita ¿a dónde la llevo? Oiga, pero, ¿tendrá cambio de a doscientos? Claro, pero si no van a ser menos de ciento cincuenta. Waka-waka, pensé. Y luego no sé cómo llegué a la frase Nunca he tenido la suerte de subirme con una mujer taxista. Qué bueno. El día que se suba, bueno, va a ver, e hizo una seña que de una u otra forma remitió a deficientes habilidades de manejo. Ay ya, no es cierto, dije yo. Mire, mis dos hijas han manejado taxis, las dos, y son buenas, pero bueno, las mujeres pa' manejar... y reiteró su opinión al respecto. No, mire, yo admiro mucho a la mujer, la admiro mucho, yo creo que las mujeres son muy inteligentes, muy inteligentes, pero tienen un defecto: enamorarse.

8.11.11

Taxi Chronicles - Gracias hermano

El otro día estaba sentada cómodamente en un café, cuando escuché una voz que decía, gracias compadre, o gracias hermano, o algo así. Era una voz grave, profunda, sonora, y con un acento que delataba un... ¿cómo decirlo sin caer en prejuicios de clases sociales? Bueno, un tono tal que me hizo voltear, y vi salir a un señor un tanto regordete, melenudo, de alrededor de 50 años, que iba saliendo ya del establecimiento.

Lo seguí con la mirada y vi que cruzó la calle y se acercó a un taxi que estaba estacionado. Abrió la puerta, se subió y se fue. ¿Será que a los taxistas de vez en cuando también les gusta disfrutar de una tacita de té? Tracé mentalmente la trayectoria del taxista en reversa, así como lo vi pasando entre la pared y la barra, hacia donde está un refrigerador en una esquina junto a una puerta verde que resguarda el baño: casi indiscutiblemente, éste último su punto de origen.

Nunca me había preguntado cómo le harán los taxistas para ir al baño en horas de trabajo.

20.4.11

20 pesitos, 5 pesitos

I.
Tengo trenzitas, cuernitos, galletas, todo está muy rico, ¿cuál le doy? ¿Cuánto cuestan? Veinte pesitos, pero si me adivina la adivinanza se las regalo, pero si no me la adivina me las compra. ¿A ver? Ruge fuerte como el león y brilla como el trueno. Mmm... Pensé en el trueno: brilla, ruge, pero la respuesta no puede estar en la adivinanza... No sé. ¡El trueno! ¡Pero la respuesta no puede estar en la adivinanza! ¿Por qué no? Pues... Porque... ¿Cómo...? Bueno, la verdad la cambié, porque me la habían dicho que era brilla como el oro, pero el oro es dorado y los truenos son blancos, y pensé en el oro blanco, pero no, por eso mejor digo como el trueno. ¿Cuál le doy? Le dí un billete de veinte y lo escuché decir exactamente lo mismo a los de la mesa de al lado. Inteligente el chico, cargando su tinaja de plástico azul con bolsitas de panes y galletas, cuatro por bolsita, tendría unos diez u once años, a lo mucho, y madera de vendedor, en domingo por la noche.

II. 
Salimos del cine ya muy noche, cerca o después de las doce. Estaba enfrente de la casilla de pago, del otro lado del carril, del lado del copiloto. Era muy pequeñita, llevaba dos ramos de alcatraces un poco maltratados, y los alzaba a los coches que pasaban. Cuando nos detuvimos para pagar bajé el vidrio y le pregunté cuánto costaban, veinte pesos, me dijo, y me miró con unos ojos hundidos entre arrugas y rodeados por el cabello grisáceo, que llevaba atado en dos trenzas que parecían unirse sobre su espalda. Saqué dos monedas de diez pesos y se las dí. Me dio el ramo de alcatraces y sonrió, me dijo algo así como que Dios la bendiga.

III.
No, gracias m'ijo, no. Ahi pa' la vuelta. El taxista movió la mano, y luego me dijo, siempre piden, uno pasa por aquí seis o siete veces al día, y siempre te quieren limpiar el vidrio, no es que me agüite, antes les daba siempre, pero mire, el otro día iba pasando y los vi con una bolsa de plástico, e hizo un gesto de tomar una bolsa con las dos manos y llevársela a la nariz, con quién sabe qué, y pa' eso les da uno el dinero, no es que me agüite, no es eso, mire, el otro día se subió una señorita, traía unas tortas, a sú..., hasta se me antojaron, pero unas tortas, unas tortotaaas, y movía las manos como si tomara una bola en cada una, con gran emoción y diciendo tortotas cada vez con más enjundia y prolongando más las a's, no, no creo que este hablando de ese tipo de tortas, no se atrevería, ¿o sí? Pensé. Se acercó un chamaquito y la señorita bajo el vidrio y le dió una torta, ¿y sabe qué le dijo? Te pedí dinero, no comida, por eso yo ya no les doy nada, y son tontos, mire, el otro día fui a la panadería, había un chamaquito pidiendo dinero, yo le dije, te compro lo que quieras, órale, escoge, yo te lo compro, no quiso, cuando salí le di un pan, ¿y sabe qué hizo? Lo tiró. Yo, si no tengo hambre, pues me lo guardo para después o lo vendo o algo, pero son tontos. Mire, yo no es que me agüite, no, no es eso, mire, yo voy con mi hermano, y nos encontramos que al viejito, que a la señora con sus niños, que al niño, y sacamos cinco pesitos, y órale, cinco pesitos, el otro día íbamos en la calle y se acercó un señor a pedirnos, mire, yo le dí cinco y mi hermano cinco, y ya nos fuimos a un bar, yo no tomo, yo no tomo nada, pero nos fuimos ¿y sabe a quién nos encontramos? Al señor, y ya andaba con una mujer, ¿y para eso quería el dinero? No, uno que trabaja, y ahi anda dando, y pa qué.

17.3.11

Taxi Chronicles - Parece que bajó Dios

Me pareció muy sospechoso que me preguntara eso, ¿para qué quería saber de dónde había salido? Se me ocurrió que la mejor defensa sería hacer que no entendía. ¿Cómo? Es que siempre veo gente que sale de ahí pero... no es... ¿qué es? Son departamentos. Ah...

Ya se viene la tormenta ¿verdad? Esta no era una de las ocasiones en las que me interesa conversar con taxista, el libro que estaba leyendo estaba muy interesante, y la princesa-dragón y el príncipe tonto estaban pasándola muy bien viendo constelaciones en el bosque. Sí, y seguí leyendo. El otro día sí se soltó bien fuerte, hasta granizó donde yo estaba, es que tengo unos cortadores de café, y nos fuimos hasta (un nombre raro dijo que no me acuerdo cómo era). Ah, acá no llovió tan fuerte.

Después pasamos junto a una iglesia, que a mí me gustaba mucho porque tenía un color salmón muy discreto y opaco, hasta cierto punto elegante. Pero ahora estaba siendo embarrada de dos naranjas chillantes, ¡con pintura de aceite! Al taxista le pareció muy bonito, ahora sí se ve bien brillante, hasta parece que bajó Diosito.

25.8.10

Taxi Chronicles - Border

No recuerdo exactamente cómo empezó la conversación. Resultó que el taxista y yo ambos nos hospedábamos temporalmente en el mismo municipio, pero estábamos a kilómetros de distancia de tal sitio, cerca del centro de la ciudad. Me regresé porque mi mamá está enferma. Pero allá tengo una novia. Me habla todos los días. Me dice que ya me regrese. Que ella me paga. ¿Pero tú sí tienes visa, no? No, está tranquilo, ya me crucé dos veces. Ellos ya saben cómo. Cobran como cuatro mil dólares. Pero a mí me van a cobrar dos mil. Allá era jardinero.

Otro había regresado también porque su mamá estaba enferma. Él era mucho mayor. Tenía hijos graduados de la universidad. A todos les había ayudado con sus estudios. Le había puesto una casa a su esposa. Quería regresar. Yo le digo a mi hija que se regrese conmigo, que allá va a ganar mejor, le pregunto, cuánto ganas aquí m´hija, como dos mil pesos, usté cree, yo le digo yo te pago eso allá, vente, pero ella no se quiere ir. Un día me fue a ver mi hijo. Le dí sus dólares para que se los gastara allá, para que se comprara lo que quisiera. Lo llevé a pasear en mi camioneta. Pero ellos no se quieren ir. Se le quebró la voz. Pude ver sus ojos enrojecerse por el retrovisor. El taxista se los limpió. Allá se vive mucha soledad. Hay algunos que se van a la carretera, y corren echos la madre, no aguantan. Otros se tiran de edificios altos. Uno que se enteró que su mujer lo engañaba. Allá era constructor.

El tercero tenía una hija. La había visto una vez en todos esos años. Él quería que regresara. Trataba de convencerla. Ella nos dice que nos vayamos para allá, pero nosotros no nos queremos ir. Le decimos que regrese, que ya estamos grandes, pero no quiere venirse para acá. Era mucho mayor que los otros dos. A él también se le rompió la voz. Y le corrieron lágrimas que también vi por el retrovisor. Y algún  sollozo que escuché desde el asiento de atrás. 



22.7.10

abeja, aire, velocidad



¿Cómo encontrarán el camino de regreso a su panal las abejas que recorren largas distancias en auto? Mirando por la ventana del taxi la vi, agarradísima al hule que mantiene el vidrio en su lugar, por afuera, luchando para no ser catapultada por el aire y la velocidad. Se quedó allí muchísimo tiempo. Por un momento pensé que llegaría conmigo a casa. Se veía firme. De repente lo inevitable pasó. Su cuerpo dio una maroma y desapareció brutalmente entre las alturas. Me pregunté entonces si las abejas que se sueltan en tales circunstancias alcanzan a recuperar la estabilidad, o no.